La cama de pasto, el techo azul y la gresca de dragones.
Ella cierra los ojos y su mente vuela hacia el lugar que contemplaba apenas un segundo atrás.
Él la mira de reojo. En su mirada lleva la culpa: veneno paralizante.
Sobre ellos flotan inmensas masas de gas blanco, densos algodones de formas cambiantes. Las manos del viento se hunden en sus costados y moldean las tersas superficies de aquel campo de juego elevado, creado para su mente de niña.
Tendidos en la cima de un basamento circular —una ruina antigua coronada por pasto—, permanecen inmóviles mientras meditan su particular historia.
Receta antigua de frutillas silvestres y semillas aromáticas.
Dos ingredientes macerados en licores dulces, olvidados durante años en un mismo anaquel, pero dentro de frascos distintos. Se miran cada vez que la puerta se abre y pasan el resto del tiempo imaginándose en la penumbra húmeda del olvido.
Hace dos horas, ella llegó puntual.
Ella es un alarido de estadio en la boca del estómago, cada vez más audible conforme sus pasos reducen la distancia. Cuando se encuentran, se reconocen y se desmenuzan palmo a palmo con la mirada, tratando de recuperar lo perdido.
Después de un segundo eterno, se abrazan como quien recupera su objeto favorito.
Sin saberlo, ya están perdidos.
Pasarela camino a la piedra del sacrificio.
Ella parece un recorte perfecto de una edición veraniega de GQ: vestido ligero, largo y vaporoso, hecho de gasa y sueños. Sabe muy bien cómo herir sus ojos.
Él sabe cómo herir sus oídos.
De camino a su destino, mira hacia todas partes, menos a la mujer que va tomada de su brazo. Contraataca hablando justo de aquello que ella no quería escuchar.
Con astucia, ella intenta distraerlo y sacarlo de equilibrio. Se coloca frente a él, se retira los lentes oscuros y deja al descubierto sus ojos infalibles, todopoderosos, hasta entonces invictos.
Esta vez no funciona.
Él toma una de las fresas congeladas que lleva en una bolsa de papel y la coloca en su boca, sustituyendo el beso que, simbólicamente, nunca llegará.
Escalando al cobijo de otros mundos.
Llegan sin contratiempos y suben, uno a uno, los peldaños deformados por la maleza. Escalan días, meses y años de recuerdos hasta alcanzar la cima de un mundo olvidado.
Aquí nada pudo ser.
Aquí nada será.
Se tienden sobre el pasto, formando una línea con sus cuerpos. Cada uno apoya la cabeza en el hombro del otro. Ella apunta al norte con los pies; él, al sur.
Boca arriba, contemplan un lienzo panorámico de azul indescriptible, con un ácido sabor a fresas frescas. A veces las nubes no parecen tan inalcanzables.
Sin embargo, el piso permanece firme.
Hoy somos dos menos uno y tú sigues siendo...
Ella volverá con el uno, el ausente.
Él continuará aquella tarde de su vida esperando que las nubes cambien de forma.