9.9.26

El último mensaje

A las 11:08 de la noche, el teléfono de Daniel vibró sobre la mesa.


La pantalla iluminó el departamento apenas un instante. Afuera, la ciudad se había reducido al rumor de los automóviles mojando el asfalto; adentro, el silencio parecía haberse acomodado en cada mueble. Daniel levantó el celular sin prisa. Esperaba un mensaje de Laura, quizá una disculpa por no haber contestado en toda la tarde.


El número era desconocido.


NO ABRAS LA PUERTA.


Daniel leyó dos veces. Miró hacia la entrada y después volvió a la pantalla.


—Sí, cómo no —murmuró.


Escribió: «¿Quién eres?»


Los tres puntos aparecieron de inmediato.


SOY TÚ.


Daniel soltó una risa breve. No tenía humor, pero sí el reflejo de burlarse de aquello que no podía explicar. Dejó el teléfono sobre la mesa y se puso de pie. Apenas había dado dos pasos hacia la cocina cuando el aparato vibró de nuevo.


NO VAYAS A LA COCINA.


Se detuvo.


La cocina estaba vacía. La luz permanecía apagada. Sobre la barra había una taza que recordaba haber lavado esa mañana y, detrás, la puerta cerrada del baño. Nada más.


—Ya estuvo.


Regresó al sofá. El celular vibró una tercera vez.


GRACIAS.


Daniel sintió que el estómago se le cerraba. Miró el reloj digital junto al televisor: 11:08.


LLEGA VIVO A LAS 11:17.


Marcó a Laura. La llamada se perdió en el vacío. Volvió a intentarlo. Antes de que escuchara el segundo tono, apareció otro mensaje.


NO LA LLAMES.


«¿Cómo sabes que la estoy llamando?»


PORQUE ESTOY VIENDO LO MISMO QUE TÚ.


Daniel levantó la mirada. Por primera vez observó su casa como si perteneciera a otra persona. Las ventanas, el pasillo, el reflejo oscuro del televisor. Todo podía esconder una mirada.


«¿Dónde estás?»


ATRÁS DE TI.


Se volvió con tanta fuerza que golpeó la mesa con la rodilla. No había nadie.


Entonces sonó el timbre.


Daniel se quedó inmóvil.


—Daniel —dijo Laura desde el otro lado—. Soy yo.


El teléfono vibró.


NO ABRAS.


Daniel llamó otra vez a Laura. Esta vez ella contestó.


—¿Bueno?


Él contempló la puerta.


—¿Dónde estás?


Hubo una pausa.


—En mi casa.


La voz del pasillo repitió su nombre.


Daniel retrocedió. El reloj marcaba las 11:16. Un nuevo mensaje ocupó la pantalla.


YA CASI.


«¿Qué pasa a las 11:17?»


VAS A ENTENDER.


Los números cambiaron.


11:17.


La puerta de entrada se abrió lentamente, sin que nadie tocara la cerradura. Detrás solo había oscuridad. Al mismo tiempo, todas las conversaciones de su teléfono desaparecieron. Quedó un único chat con un nombre que le resultaba demasiado familiar: DANIEL.


AHORA YA PUEDES ABRIR.


Él dio un paso hacia la entrada.


NO.


Se detuvo.


NO ERA ESA PUERTA.


A su espalda, la puerta del baño se cerró con un golpe seco.


* * *


El baño llevaba meses sin cerrar bien. Daniel tenía que levantar un poco la puerta para que el pestillo encajara. Sin embargo, ahora estaba sellada.


NO ENTRES AL BAÑO.


—Perfecto —dijo—. Porque esto es totalmente normal.


Otro mensaje le ordenó cerrar la puerta principal. Daniel pensó en dejarla abierta, correr por el pasillo y no detenerse hasta encontrar a alguien. La respuesta apareció antes de que pudiera intentarlo.


SI NO LA CIERRAS, ELLA ENTRA.


La cerró.


Laura volvió a contestar cuando él la llamó.


—¿Estás solo? —preguntó ella.


Daniel miró la puerta del baño.


—Sí.


—No estás solo.


La llamada terminó.


El teléfono recibió una nueva instrucción.


PREGÚNTALE POR EL 14 DE MARZO.


Daniel marcó de nuevo.


—¿Qué pasó el catorce de marzo?


Laura dejó de respirar al otro lado de la línea.


—¿Quién te habló de eso?


Colgó antes de que Daniel pudiera responder.


Un golpe sacudió la puerta del baño. Después otro. Daniel se acercó y puso la mano sobre la perilla.


SI ABRES, TE VE.


«¿Quién?»


TÚ.


Un archivo de audio comenzó a reproducirse sin que Daniel lo tocara. La voz que salió del teléfono era la suya, aunque sonaba agotada, como si hubiera pasado días gritando.


—Si estás escuchando esto, todavía no ha pasado. No confíes en Laura.


En la pantalla apareció una pregunta: ¿QUIERES SABER QUÉ PASÓ EL 14 DE MARZO?


Daniel pulsó SÍ.


Recibió una fotografía. Laura y él sonreían frente a la cámara. Al fondo, casi disuelto en la sombra del pasillo, había un hombre. Daniel amplió la imagen hasta que los píxeles deformaron el rostro.


Era él mismo.


Buscó en la galería y encontró un video grabado esa fecha. En él, Laura lloraba en el mismo departamento.


—No puedes seguir haciendo esto —decía ella.


El Daniel de la grabación la miraba sin comprender.


—No sé de qué hablas.


En otro video, Laura entraba en la sala. Alguien caminaba detrás de ella. Otra vez era Daniel.


El teléfono sonó. Número desconocido.


—¿Ya viste lo que pasó? —preguntó su propia voz.


—¿Quién eres?


—Soy tú.


—Eso ya me lo dijeron.


—No. Te lo dijo él.


—¿Quién es él?


—El que está contigo.


La llamada terminó. En el espejo del pasillo apareció el reflejo de Daniel, pero no imitó sus movimientos. Daniel levantó la mano. La imagen permaneció inmóvil.


Luego sonrió.


* * *


El mensaje más antiguo del teléfono estaba fechado el 14 de marzo.


DANIEL: ¿Ya estás ahí?


DESCONOCIDO: Sí.


DANIEL: ¿Y ella?


DESCONOCIDO: Todavía no sabe.


Daniel dejó caer el celular. Cuando consiguió recuperarlo, llamó a Laura por última vez.


—Necesito que me digas la verdad.


Ella empezó a llorar.


—No debiste acordarte.


—¿De qué?


—De que moriste.


Daniel miró sus manos. Podía verlas, moverlas, sentir el frío del teléfono. Escuchaba su respiración. Le dolía la rodilla que había golpeado contra la mesa.


—Estoy aquí.


—No —respondió Laura—. Tú no estás aquí.


—Entonces, ¿qué soy?


Laura no contestó.


El espejo sí.


En el cristal aparecieron palabras trazadas desde el otro lado.


YO ESTOY VIVIENDO TU VIDA.


Los recuerdos regresaron como fragmentos de vidrio: el interior de un automóvil, las luces de una ambulancia, sangre sobre una mano, Laura gritando su nombre. Daniel comprendió que había muerto aquella noche, pero el recuerdo no explicaba quién había regresado a casa con ella.


El teléfono empezó a escribir solo.


NO ABRAS LA PUERTA.


El mensaje fue enviado al 14 de marzo, a las 11:08 de la noche.


Daniel contempló la pantalla mientras el departamento volvía a su posición inicial. La taza apareció sobre la mesa. Las luces se apagaron. El reloj retrocedió.


Había enviado el primer mensaje.


El timbre sonó otra vez.


* * *


Daniel despertó en el sofá con la camisa pegada al cuerpo.


11:08.


NO ABRAS LA PUERTA.


—No —dijo—. Ya hice esto.


Desde el pasillo llegó una voz idéntica a la suya.


—No soy el que está contigo.


Daniel se acercó a la mirilla. Al otro lado había otro Daniel, ensangrentado, con la camisa rota y una mano apoyada contra la puerta.


—Yo nunca entré —dijo el hombre del pasillo.


El celular mostró un mensaje nuevo.


PREGÚNTALE A LAURA CON QUIÉN DUERME.


En otro departamento, Laura abrió los ojos a las 3:17 de la madrugada. Daniel estaba sentado frente a la cama, vestido, observándola.


—¿No dormiste? —preguntó.


—Duermo cuando tú no miras.


Él se levantó y cubrió el espejo con una toalla.


Laura llevaba meses reuniendo pequeñas diferencias: palabras que Daniel ya no usaba, recuerdos contados con el tono correcto pero sin emoción, gestos que parecían ensayados. Aquella noche decidió hacerle una pregunta cuya respuesta solo conocían ellos.


—¿Qué dijiste la primera vez que dormimos juntos?


—Que te amaba.


—Dijiste: «No vuelvas a abrirme».


Daniel tardó un segundo de más en reaccionar.


Su celular vibró. Un archivo eliminado había vuelto a la memoria: 14_MARZO_23:17. Laura esperó a quedarse sola para reproducirlo.


La cámara de seguridad mostraba la puerta principal. A las 11:17, la Laura del video abría. Daniel entraba aterrorizado. Diez segundos después aparecía otro Daniel, vestido igual, con una herida en la frente. A las 11:18, solo uno salía al pasillo. El otro golpeaba la puerta desde dentro.


Laura pausó la imagen sobre el rostro del que había salido.


Era el hombre con quien vivía.


—No debiste devolver esa copia —dijo él desde la entrada.


En la pantalla negra del televisor solo se reflejaba Laura.


—¿Cuál de los dos eres?


Daniel sonrió.


—El que aprendió a no quedarse.


* * *


La cámara frontal del teléfono se encendió. El rostro de Daniel apareció atrapado en la pantalla, pálido y golpeado.


—Laura, no le digas que me viste.


—¿Dónde estás?


—Donde queda el que no sale.


Le explicó que cada puerta abierta atrapaba una versión y dejaba otra afuera. Quien lograba salir conservaba los recuerdos, pero poco a poco dejaba de ser la persona que los había vivido.


El hombre del departamento escuchaba desde las sombras.


—No soy quien mató a Daniel —dijo.


—Entonces, ¿quién eres?


—La respuesta que tú dejaste entrar.


Tomó el teléfono y miró a su doble.


—Pregúntale por qué mandó el primer mensaje.


La imagen se distorsionó. Un texto apareció sobre el rostro atrapado.


EL PRIMER MENSAJE NO ERA PARA SALVARTE.


Laura condujo a los dos hasta el espejo del pasillo. El hombre que vivía con ella se reflejaba, pero su imagen se desvanecía por momentos.


—Fui el primero que la puerta dejó afuera —confesó—. Cada ciclo me borra un poco más. Necesito salir antes de desaparecer.


Daniel, desde el teléfono, le pidió a Laura que reprodujera el video al revés. En el último cuadro, antes de que ella abriera, una figura idéntica al hombre del departamento golpeaba desde el baño.


Él ya estaba atrapado antes que Daniel.


Laura levantó la vista. El espejo dejó de mostrar la sala. En su lugar, ella yacía muerta sobre el piso, con sangre en la sien. La Laura reflejada abrió los ojos y su teléfono se iluminó.


LA PRÓXIMA VEZ, ELLA ABRE.


La puerta del baño se destrabó detrás de la verdadera Laura.


* * *


A las 11:17, Laura enfrentó la puerta correcta.


El espejo aún mostraba su cadáver. El teléfono sostenía el rostro de Daniel. Del otro lado, la voz del primer hombre le pedía que abriera.


Laura giró la perilla.


Una ráfaga helada atravesó el baño y el departamento regresó al 14 de marzo. Una copa caía en cámara lenta sin alcanzar el suelo. El video de seguridad repetía el instante en que Laura abría la entrada y dos Daniels cruzaban el umbral.


Los dos hombres quedaron frente a frente.


—Él me dejó aquí —dijo Daniel.


—Tú cerraste la puerta sobre mí —respondió el otro.


—¿Quién murió esa noche? —preguntó Laura.


—Yo —contestaron al mismo tiempo.


El video se rebobinó. La Laura del pasado miró directamente a la cámara.


—No elijas al original. Ya no existe.


Laura comprendió que esa era la trampa. Había buscado al verdadero Daniel como si la identidad fuera un objeto extraviado: algo que pudiera reconocerse, recuperarse y devolver a su lugar. Pero ninguno era el hombre que había muerto. Uno conservaba sus recuerdos; el otro, el miedo de desaparecer. Ambos podían decirle qué había ocurrido, pero solo uno la miraba como si ella todavía fuera más que una llave.


—No me salves por quien fui —dijo Daniel desde el umbral—. Sácame por quien todavía soy contigo.


El otro bajó la mirada.


—Si lo sacas, alguien tendrá que quedarse.


Laura tomó la mano de Daniel. Estaba helada, pero era una mano. Tiró de él hasta arrancarlo de la imagen y hacerlo caer sobre el piso del baño.


El otro Daniel comenzó a desvanecerse detrás de la puerta.


—No la dejes abrir otra vez —alcanzó a decir.


La puerta se cerró.


El reloj avanzó a las 11:18. La copa golpeó el suelo y se hizo pedazos. Daniel respiró como si acabara de nacer. Laura se arrodilló junto a él, sin saber si debía abrazarlo o huir.


El celular vibró entre los fragmentos de vidrio.


El mensaje provenía de su propio número.


NO CONFÍES EN EL QUE SALIÓ.


Daniel levantó la mirada.


En el espejo, su reflejo sonreía.


MD3P

El poder no cambia a las personas, las revela

Hay una frase que repetimos cuando alguien alcanza una posición importante y comienza a comportarse de una manera que no esperábamos: “El poder lo cambió”.


Pero quizá el poder no cambia realmente a las personas. Quizá solo les permite mostrarse como siempre fueron.


Mientras alguien depende de los demás, necesita ser prudente, amable y considerado. Escucha opiniones, acepta críticas y procura mantener una buena relación con quienes lo rodean. Sin embargo, cuando llega a un puesto desde el cual puede decidir, ordenar o influir sobre otros, muchas de esas precauciones dejan de parecerle necesarias.


Entonces aparece algo que antes permanecía oculto.


En ocasiones, cuando alguien recibe un regaño de una persona que ocupa una posición superior, afirma con absoluta seguridad:


“Cuando yo esté en esa posición, jamás me comportaré así”.


En aquel momento le creí. Pensé que esa experiencia le había enseñado cómo no debía tratarse a los demás. Supuse que, si algún día llegaba a ocupar ese puesto, recordaría lo que sintió y actuaría con mayor empatía.


Pero sucedió todo lo contrario.


Cuando finalmente obtuvo aquella posición, no solo repitió el comportamiento que tanto había criticado, sino que terminó convirtiéndose precisamente en aquello que juró no ser.


Ahí entendí que reconocer la injusticia cuando la padecemos no significa que seremos incapaces de cometerla cuando tengamos poder. Es muy fácil cuestionar la conducta de quien está arriba mientras nosotros estamos abajo. La verdadera prueba comienza cuando cambian los lugares y somos nosotros quienes tenemos la posibilidad de decidir cómo tratar a los demás.


El poder funciona como una lupa. Amplifica el carácter, las inseguridades, la generosidad y también los defectos. Quien tiene una naturaleza empática puede utilizar su posición para proteger y apoyar. Quien necesita sentirse superior encontrará una oportunidad para humillar. Quien antes respetaba a los demás solamente por conveniencia dejará de hacerlo cuando ya no necesite su aprobación.


Por eso resulta tan doloroso descubrir esta faceta en alguien cercano.


La decepción no surge únicamente por su nueva conducta. También nace al recordar sus palabras y comprobar la distancia que existe entre lo que prometió ser y aquello en lo que decidió convertirse. Nos obliga a revisar conversaciones, gestos y momentos compartidos. Aquello que parecía humildad pudo haber sido cautela; lo que interpretamos como respeto quizá solo era necesidad.


El puesto no creó la soberbia. Le dio permiso para manifestarse.


Lo verdaderamente revelador no es cómo trata alguien a sus superiores, sino cómo se comporta con las personas que ya no pueden ofrecerle nada. Ahí se muestra su carácter: en la manera en que escucha a quien tiene menor jerarquía, en cómo utiliza la autoridad cuando nadie lo cuestiona y en lo que hace cuando sabe que no habrá consecuencias.


También sería injusto afirmar que todas las personas reaccionan igual. Hay quienes llegan al poder y conservan su humanidad. Incluso existen personas que se vuelven más conscientes de sus responsabilidades. Entienden que dirigir no significa someter y que tener autoridad no les concede mayor valor como seres humanos.


La diferencia está en aquello que cada persona decide hacer con la libertad que recibe.


La decepción puede doler, pero también aclara. Nos enseña a observar menos los discursos y más las acciones. Nos recuerda que no debemos idealizar a nadie y que la verdadera calidad humana no se demuestra cuando todo está al mismo nivel, sino cuando existe la posibilidad de imponerse sobre otros y se elige no hacerlo.


Tal vez las personas sí pueden cambiar, pero no siempre de la forma que imaginamos. Algunas crecen, reflexionan y corrigen su conducta. Otras simplemente dejan de ocultarse.


Cuando alguien llega al poder y nos decepciona, quizá no estamos presenciando su transformación. Quizá estamos conociendo, finalmente, una parte de esa persona que antes no tenía permiso de salir.


Y aunque la verdad duela, también nos libera de una imagen que nunca fue completamente real.

26.6.26

El Reloj del Corazón

 


"Todo tiene su tiempo determinado, hay tiempo para todo propósito debajo del cielo;  hay tiempo para nacer y tiempo para morir tiempo para llorar y tiempo para reír, tiempo para unir y tiempo para separar, tiempo para amar y tiempo para odiar, tiempo de guerra y tiempo de paz".

Eclesiastés.


En nuestra vida hay tiempos que se cuentan de forma diferente, hay semanas que duran años, como hay años que no llegan a contarse en un día, en una semana.

Hay personas que serán eternas, como aquellas que pasarán muy rápido, a pesar de que el almanaque nos muestre que estas estuvieron años en nuestras vidas.

Hay amores no realizados que dejarás, miradas que durarán mes y meses, y besos no entregados que siempre esperarán su llegada.

Hay trabajos que nos toman décadas de nuestro tiempo, pero en nuestra memoria solamente tomarán semanas cuando los recordemos.

Y hay uniones, que al mirar para atrás, no llenan un día de nuestras vidas.

llegamos a tener tristezas que nos paralizan por meses, pero al pasar los días difíciles, no guardamos recuerdos de esas horas nefastas.

Y sin duda hay personas que nos cambian la vida y eventos que nos marcan, y durarán para siempre.

el nacimiento de un hijo, la muerte de una madre, de un padre, de una abuela o un abuelo, un viaje inolvidable, o el éxtasis de un sueño realizado, todo esto tiene una duración que nos enseña el significado de la palabra ETERNIDAD.

Yo, en todo este tiempo que tengo de vida, hice muchas cosas y he dejado de hacer otras, miles de veces me he equivocado, pero eso me ha enseñado a levantarme otras tantas. hubo viajes que nunca tuvieron un final, como hay recorridos de no recuerdo haberlos hecho... como hay caminos que aún no he recorrido y que tal vez ya no me dé tiempo de recorrer.

Hoy descubrí que el reloj del corazón late con otra frecuencia que la que late mi pulso, marca un tiempo diferente de emociones y que perduran y me muestra el verdadero tiempo de la gente.

Por este reloj se envejecen las cosas que no conseguimos alargar a través del tiempo que vivimos, y luego, así sin más, miramos hacia atrás y notamos que hemos madurado y pensamos en todo aquello que no hicimos, en vez de alegrarnos y sonreír  con los recuerdos de lo que vivimos.

Por eso, de un tiempo para acá, he aprendido que hay que vivir el tiempo y consultar al reloj del corazón porque él nos mostrará el verdadero valor del tiempo.

Ese tiempo que nos dice que la vida es la tarea que nosotros trajimos para hacer en casa y que cuando nos damos cuenta ya pasó el día, ya es viernes, ya es navidad, ya terminó el año, ya perdimos muchas cosas de nuestra vida y que si no lo notamos a tiempo, pasan los años, solo te digo algo, el hubiera no existe y después no vale la pena arrepentirse.

Hoy voy jugando por los caminos del tiempo y les digo a las personas que me importan que las AMO, trato de no dejar de hacer las cosas que me gustar por falta de tiempo.

Hay que darle el verdadero valor y significado a cada una de las cosas que hacemos, no dejes de rodearte de personas por miedo a ser feliz, la infelicidad es parte de una inseguridad, un miedo que con el paso del tiempo nos calcina.

Recordemos que el tiempo se va y no vuelve, así que vivan cada día de su vida como si fuera el último, como si de verdad se terminara el tiempo.

El presente es una sombra que se mueve separando el antes del mañana y en él descansa la esperanza.

Porque el tiempo fue inventado para que las cosas no sucedan todas a la vez...

MD3P

25.6.11

Claveles rosas

Escribí este texto en 2011. Hoy lo recupero con algunas correcciones, pero conservo la emoción y la mirada de quien era entonces.

Café Tacvba suena de fondo mientras escribo. ¿Cómo negar que me encantan sus canciones? “El baile y el salón” es una de mis favoritas. A diferencia de la mayoría de mis amigos —no de todos—, yo me inclino más por este tipo de música que por lo extranjero. No es que no me gusten Red Hot Chili Peppers o U2, pero prefiero lo latino.

Mientras escucho a los Tacubos, escribo estas líneas. Tal vez a muchos no les importen y quizá nunca las lean. La verdad es que, si escribo, es por la influencia de alguien a quien le gustan los tulipanes y los claveles.

De cierta forma, escribir me ha ayudado a liberar ciertas energías, tanto positivas como negativas. Lo admito: creo que no soy muy bueno haciéndolo, pero aquí estoy.

Pienso en por qué suceden las cosas; en por qué, algunas veces, la fórmula CORAZÓN = AMOR = PÉRDIDA DE TIEMPO parece verdadera. Aunque me niego a adoptarla y creer en ella por completo.

Uno puede construir castillos en el cielo. Puede idealizar las cosas, las personas y los momentos. Pero ¿qué pasa cuando solo es eso: un ideal, un sueño que no se cumplirá?

Muchas veces es bueno aferrarnos a algo o a alguien; confiar en que podemos alcanzar nuestro objetivo. Pero, en mi caso, y a diferencia de lo que otros piensan, la timidez me domina. Muchas veces no sé expresar lo que siento y suelo regar el tepache.

Las relaciones siempre implican algún conflicto: con la familia, los amigos o la pareja. El amor puede ser algo puro que se entrega por completo, pero también necesita una respuesta —positiva o negativa— que nos permita saber hacia dónde continuar. Porque, si no se cultiva día con día, termina por desaparecer.

La línea narrativa de esta historia comenzó por el final. Cuando retomamos el hilo, poco a poco pensé que podríamos llegar a un comienzo lleno de color: un mundo maravilloso donde no importaría que Calderón siguiera diciendo disparates en público o que el PRI regresara a la Presidencia en 2012; donde no habría hambre ni muertes. Solo tú y yo, juntos en el país de las maravillas.

Éramos dos desconocidos que se conocían muy bien.

Pero la realidad es otra. Por el momento, tu tiempo y mi tiempo no coinciden. Sí, efectivamente: soy un “requisitoso” de lo peor.

Aun así, ¿qué importa ya?

Como en Big Fish, quizá llega un momento en que uno debe aceptar que el barco zarpó. Pero también es cierto que siempre he tenido algo de tonto y que todavía no estoy listo para dejarlo ir.

Así que habrá que plantar tulipanes y claveles rosas.

Después de todo, aún nada está perdido.

10.8.10

Protector Solar


Este Post es muy especial, hace poco más de un mes falleció una gran compañera, pero sobre todo una gran amiga, ella siempre tuvo una sonrisa, un consejo, un te amo, un tus pollitos van a perder ante mis pumas.

Nos conocimos en Tv. Azteca, siempre fue alegre y éramos unos víboras, siempre nos enroscábamos si de criticar se trataba, nos divertíamos mucho, lamentablemente las circunstancias nos separaron y por una u otra cosa no tuvimos el contacto que deseábamos por la diferencia de tiempos.

Hoy me voy enterando que, hace más de un mes, ella falleció y yo ni adiós le pude decir, y como me arrepiento de eso, de no haber ido a tomar ese café con ella y de no haber ido a cenar cuando pudimos hacerlo.

Hoy, sin saberlo, Marianita me envío un vídeo que me hizo llorar porque llegó en el momento que me enteré del fallecimiento de mi amiga.

Esto me hizo reflexionar muchas cosas, me ayudó a cerrar círculos y a darme cuenta de que la vida es corta, de que debo dejar de lamentarme por lo malo y de disfrutar lo bueno.

Es por eso que comparto esto con ustedes que espero les guste y recuerden no dejen de compartir tiempo con las personas que aman, en verdad nunca sabrán cuando será la última vez que lo hagan.

Gisela, este post va dedicado para ti, espero que lo leas desde el cielo, donde ahora eres un bello ángel y desde donde ahora me cuidas.

Con todo mi amor para mi gatita…

Protector Solar.

Señores y señoras usen protector solar. Si pudiera ofrecerles sólo un consejo para el futuro, sería éste: Usen protector solar.

Los científicos han comprobado sus beneficios a largo plazo mientras que los consejos que les voy a dar, no tienen ninguna base fiable y se basan únicamente en mi propia experiencia. He aquí mis consejos:

Disfruta de la fuerza y belleza de tu juventud. No me hagas caso. Nunca entenderás la fuerza y belleza de tu juventud hasta que no se haya marchitado. Pero créeme, dentro de veinte años, cuando en fotos te veas a ti mismo comprenderás, de una forma que no puedes comprender ahora, cuántas posibilidades tenías ante ti y lo guapo que eras en realidad. No estás tan gordo como imaginas. No te preocupes por el futuro. O preocúpate sabiendo que preocuparse es tan efectivo como tratar de resolver una ecuación de álgebra masticando chicle. Lo que sí es cierto es que los problemas que realmente tienen importancia en la vida son aquellos que nunca pasaron por tu mente, de ésos que te sorprenden a las cuatro de la tarde de un martes cualquiera.

Todos los días haz algo a lo que temas. Canta. No juegues con los sentimientos de los demás. No toleres que la gente juegue con los tuyos. Relájate. No pierdas el tiempo sintiendo celos. A veces se gana y a veces se pierde. La competencia es larga y, al final, sólo compites contra ti mismo. Recuerda los elogios que recibas. Olvida los insultos (pero si consigues hacerlo, dime cómo hacerlo). Guarda tus cartas de amor. Tira las cartas del banco. Estírate. No te sientas culpable si no sabes muy bien qué quieres de la vida. Las personas más interesantes que he conocido no sabían qué hacer con su vida cuando tenían veintidós años. Es más, algunas de las personas que conozco tampoco lo sabían a los cuarenta.

Toma mucho calcio. Cuida tus rodillas sentirás la falta que te hacen cuando te fallen. Quizá te cases, quizá no. 

Quizá tengas hijos, quizá no. Quizá te divorcies a los cuarenta, quizá no. Quizá bailes el vals en tu setenta y cinco aniversario de bodas. Hagas lo que hagas no te enorgullezcas ni te critiques demasiado. Optarás por una cosa u otra, como todos los demás.

Disfruta de tu cuerpo. Aprovéchalo de todas las formas que puedas. No tengas miedo ni te preocupes por lo que piensen los demás porque es el mejor instrumento que jamás tendrás. Baila, aunque tengas que hacerlo en el salón de tu casa. Lee las instrucciones aunque no las sigas. No leas revistas de belleza pues para lo único que sirven es para hacerte sentir feo.

Aprende a entender a tus padres. Será tarde cuando ellos ya no estén. Llévate bien con tus hermanos. Son el mejor vínculo con tu pasado y, probablemente, serán los que te acompañen en el futuro. Entiende que los amigos vienen y se van pero hay un puñado de ellos que debes conservar con mucho cariño. Esfuérzate por no desvincularte de algunos lugares y costumbres porque, cuando pase el tiempo, más los necesitarás. Vive en una ciudad alguna vez pero múdate antes de que te endurezcas. Vive en un pueblo alguna vez pero múdate antes de que te ablandes.

Viaja. Acepta algunas verdades ineludibles: los precios siempre subirán, los políticos siempre mentirán y tú también envejecerás. Y, cuando seas viejo, añorarás los tiempos en que eras joven: los precios eran razonables, los políticos eran honestos y los niños respetaban a los mayores. Respeta a los mayores. No esperes que nadie te mantenga pues tal vez recibas una herencia o, tal vez te cases con alguien rico pero, nunca sabrás cuánto durará. No te hagas demasiadas cosas en el pelo porque cuando tengas cuarenta años parecerá el de alguien de ochenta y cinco.

Sé cauto con los consejos que recibes y ten paciencia con quienes te los dan. Los consejos son una forma de nostalgia. Dar consejos es una forma de sacar el pasado del cubo de la basura, limpiarlo, ocultar las partes feas y reciclarlo dándole más valor del que tiene. Pero hazme caso en lo del protector solar.

Ahora entiendo esto gracias ti Gisela, gracias por tu último consejo desde el cielo, porque no supe escucharte en vida ahora de alguna manera creo que guiaste a mi ángel terrenal Marianita para hacerme llegar ese vídeo que me cambio la vida y que te escuche desde el cielo estando yo aquí en la tierra.





30.6.10

Mediodía con sabor a fresas

La cama de pasto, el techo azul y la gresca de dragones.

Ella cierra los ojos y su mente vuela hacia el lugar que contemplaba apenas un segundo atrás.

Él la mira de reojo. En su mirada lleva la culpa: veneno paralizante.

Sobre ellos flotan inmensas masas de gas blanco, densos algodones de formas cambiantes. Las manos del viento se hunden en sus costados y moldean las tersas superficies de aquel campo de juego elevado, creado para su mente de niña.

Tendidos en la cima de un basamento circular —una ruina antigua coronada por pasto—, permanecen inmóviles mientras meditan su particular historia.

Receta antigua de frutillas silvestres y semillas aromáticas.

Dos ingredientes macerados en licores dulces, olvidados durante años en un mismo anaquel, pero dentro de frascos distintos. Se miran cada vez que la puerta se abre y pasan el resto del tiempo imaginándose en la penumbra húmeda del olvido.

Hace dos horas, ella llegó puntual.

Ella es un alarido de estadio en la boca del estómago, cada vez más audible conforme sus pasos reducen la distancia. Cuando se encuentran, se reconocen y se desmenuzan palmo a palmo con la mirada, tratando de recuperar lo perdido.

Después de un segundo eterno, se abrazan como quien recupera su objeto favorito.

Sin saberlo, ya están perdidos.

Pasarela camino a la piedra del sacrificio.

Ella parece un recorte perfecto de una edición veraniega de GQ: vestido ligero, largo y vaporoso, hecho de gasa y sueños. Sabe muy bien cómo herir sus ojos.

Él sabe cómo herir sus oídos.

De camino a su destino, mira hacia todas partes, menos a la mujer que va tomada de su brazo. Contraataca hablando justo de aquello que ella no quería escuchar.

Con astucia, ella intenta distraerlo y sacarlo de equilibrio. Se coloca frente a él, se retira los lentes oscuros y deja al descubierto sus ojos infalibles, todopoderosos, hasta entonces invictos.

Esta vez no funciona.

Él toma una de las fresas congeladas que lleva en una bolsa de papel y la coloca en su boca, sustituyendo el beso que, simbólicamente, nunca llegará.

Escalando al cobijo de otros mundos.

Llegan sin contratiempos y suben, uno a uno, los peldaños deformados por la maleza. Escalan días, meses y años de recuerdos hasta alcanzar la cima de un mundo olvidado.

Aquí nada pudo ser.

Aquí nada será.

Se tienden sobre el pasto, formando una línea con sus cuerpos. Cada uno apoya la cabeza en el hombro del otro. Ella apunta al norte con los pies; él, al sur.

Boca arriba, contemplan un lienzo panorámico de azul indescriptible, con un ácido sabor a fresas frescas. A veces las nubes no parecen tan inalcanzables.

Sin embargo, el piso permanece firme.

Hoy somos dos menos uno y tú sigues siendo...

Ella volverá con el uno, el ausente.

Él continuará aquella tarde de su vida esperando que las nubes cambien de forma.

El último mensaje

A las 11:08 de la noche, el teléfono de Daniel vibró sobre la mesa. La pantalla iluminó el departamento apenas un instante. Afuera, la ciuda...