9.9.26

El poder no cambia a las personas, las revela

Hay una frase que repetimos cuando alguien alcanza una posición importante y comienza a comportarse de una manera que no esperábamos: “El poder lo cambió”.


Pero quizá el poder no cambia realmente a las personas. Quizá solo les permite mostrarse como siempre fueron.


Mientras alguien depende de los demás, necesita ser prudente, amable y considerado. Escucha opiniones, acepta críticas y procura mantener una buena relación con quienes lo rodean. Sin embargo, cuando llega a un puesto desde el cual puede decidir, ordenar o influir sobre otros, muchas de esas precauciones dejan de parecerle necesarias.


Entonces aparece algo que antes permanecía oculto.


En ocasiones, cuando alguien recibe un regaño de una persona que ocupa una posición superior, afirma con absoluta seguridad:


“Cuando yo esté en esa posición, jamás me comportaré así”.


En aquel momento le creí. Pensé que esa experiencia le había enseñado cómo no debía tratarse a los demás. Supuse que, si algún día llegaba a ocupar ese puesto, recordaría lo que sintió y actuaría con mayor empatía.


Pero sucedió todo lo contrario.


Cuando finalmente obtuvo aquella posición, no solo repitió el comportamiento que tanto había criticado, sino que terminó convirtiéndose precisamente en aquello que juró no ser.


Ahí entendí que reconocer la injusticia cuando la padecemos no significa que seremos incapaces de cometerla cuando tengamos poder. Es muy fácil cuestionar la conducta de quien está arriba mientras nosotros estamos abajo. La verdadera prueba comienza cuando cambian los lugares y somos nosotros quienes tenemos la posibilidad de decidir cómo tratar a los demás.


El poder funciona como una lupa. Amplifica el carácter, las inseguridades, la generosidad y también los defectos. Quien tiene una naturaleza empática puede utilizar su posición para proteger y apoyar. Quien necesita sentirse superior encontrará una oportunidad para humillar. Quien antes respetaba a los demás solamente por conveniencia dejará de hacerlo cuando ya no necesite su aprobación.


Por eso resulta tan doloroso descubrir esta faceta en alguien cercano.


La decepción no surge únicamente por su nueva conducta. También nace al recordar sus palabras y comprobar la distancia que existe entre lo que prometió ser y aquello en lo que decidió convertirse. Nos obliga a revisar conversaciones, gestos y momentos compartidos. Aquello que parecía humildad pudo haber sido cautela; lo que interpretamos como respeto quizá solo era necesidad.


El puesto no creó la soberbia. Le dio permiso para manifestarse.


Lo verdaderamente revelador no es cómo trata alguien a sus superiores, sino cómo se comporta con las personas que ya no pueden ofrecerle nada. Ahí se muestra su carácter: en la manera en que escucha a quien tiene menor jerarquía, en cómo utiliza la autoridad cuando nadie lo cuestiona y en lo que hace cuando sabe que no habrá consecuencias.


También sería injusto afirmar que todas las personas reaccionan igual. Hay quienes llegan al poder y conservan su humanidad. Incluso existen personas que se vuelven más conscientes de sus responsabilidades. Entienden que dirigir no significa someter y que tener autoridad no les concede mayor valor como seres humanos.


La diferencia está en aquello que cada persona decide hacer con la libertad que recibe.


La decepción puede doler, pero también aclara. Nos enseña a observar menos los discursos y más las acciones. Nos recuerda que no debemos idealizar a nadie y que la verdadera calidad humana no se demuestra cuando todo está al mismo nivel, sino cuando existe la posibilidad de imponerse sobre otros y se elige no hacerlo.


Tal vez las personas sí pueden cambiar, pero no siempre de la forma que imaginamos. Algunas crecen, reflexionan y corrigen su conducta. Otras simplemente dejan de ocultarse.


Cuando alguien llega al poder y nos decepciona, quizá no estamos presenciando su transformación. Quizá estamos conociendo, finalmente, una parte de esa persona que antes no tenía permiso de salir.


Y aunque la verdad duela, también nos libera de una imagen que nunca fue completamente real.

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