Hay momentos en los que llegamos a un nuevo trabajo o entramos en un ambiente distinto y aparece una pregunta incómoda:
“¿Qué hago yo aquí?”
Miramos a nuestro alrededor y parece que todos saben cómo comportarse. Hablan con seguridad, dominan los códigos del lugar y se mueven como si nunca hubieran sentido miedo. Nosotros, en cambio, pensamos que en cualquier momento alguien descubrirá que no somos tan capaces como parecemos.
A eso solemos llamarlo síndrome del impostor.
Esa sensación nos lleva a desconfiar de nuestros conocimientos, minimizar nuestros logros y atribuir cada acierto a la suerte. Aunque nuestra experiencia demuestre lo contrario, sentimos que estamos ocupando un lugar que no nos corresponde.
Pero algunas veces no dudamos porque nos falte capacidad.
Dudamos porque estamos intentando encajar en un lugar en el que no podemos ser nosotros mismos.
Cuando adaptarse significa desaparecer
Cuando queremos pertenecer, comenzamos a observar qué esperan los demás de nosotros.
Modificamos nuestra manera de hablar, ocultamos las dudas y dejamos de expresar opiniones que podrían resultar incómodas. Aceptamos decisiones y formas de trato con las que no estamos de acuerdo porque tememos parecer difíciles, poco comprometidos o incapaces de adaptarnos.
Poco a poco aprendemos a interpretar un personaje.
Sonreímos cuando algo nos molesta. Fingimos entender instrucciones confusas. Permitimos que otros se atribuyan nuestro trabajo y permanecemos en silencio para evitar conflictos.
Desde afuera parece que nos hemos integrado. Por dentro, cada día nos sentimos más lejos de nosotros mismos.
Entonces aparece una contradicción: cuanto más intentamos pertenecer, más impostores nos sentimos.
Adaptarse a un nuevo entorno es normal. Todo cambio exige aprender y enfrentarnos con aquello que todavía no conocemos. La diferencia está en lo que sucede con el tiempo.
En un lugar saludable, la inseguridad disminuye conforme aprendemos. Podemos preguntar, equivocarnos y expresar una opinión distinta sin ser humillados. En un lugar que nos hace daño, la inseguridad aumenta. Cada conversación parece una prueba y gastamos más energía intentando protegernos que realizando nuestro trabajo.
Adaptarnos debería ayudarnos a crecer. No debería obligarnos a desaparecer.
Cuando admirar a alguien nos impide ver la realidad
Muchas veces aceptamos estas situaciones porque trabajamos con personas a las que admiramos.
Llegamos atraídos por su trayectoria, por lo que representan o por la posibilidad de aprender de ellas. Estar cerca de alguien a quien respetamos puede parecernos un privilegio que no debemos poner en riesgo.
Por eso comenzamos a justificar lo que ocurre.
Pensamos que su forma de tratarnos se debe a la presión o a su nivel de exigencia. Confundimos indiferencia con concentración, maltrato con carácter y falta de reconocimiento con aprendizaje.
Aceptamos cosas que nunca permitiríamos si vinieran de alguien a quien no admiráramos.
Nos cuesta reconocer que una persona puede ser brillante en su trabajo y, al mismo tiempo, incapaz de ofrecer un entorno digno a quienes colaboran con ella.
También creemos que obtener su aprobación confirmará nuestro valor. Pensamos que, si algún día reconoce nuestro esfuerzo, todo lo que hemos soportado habrá valido la pena.
Pero ese momento puede no llegar nunca.
Terminamos engañándonos y permanecemos mucho más tiempo del necesario. Ya no nos quedamos por lo que estamos aprendiendo, sino porque resulta doloroso aceptar que la persona que admirábamos no era como la imaginábamos.
Respetar el talento de alguien no significa darle el derecho de hacernos sentir menos.
Irse también requiere valentía
A veces sabemos que un lugar no nos hace bien, pero permanecemos para demostrar que podemos soportarlo.
Nos decimos que irnos significaría fracasar. Confundimos agotamiento con compromiso y silencio con madurez. Creemos que, si trabajamos más o resistimos un poco más, las cosas terminarán mejorando.
Mientras tanto, nuestra confianza comienza a depender de la aprobación de personas que quizá nunca tuvieron la intención de ofrecérnosla.
Salir produce miedo, incluso cuando sabemos que permanecer nos lastima. Nos preguntamos si encontraremos otra oportunidad o si el problema realmente somos nosotros.
Por eso conviene observar los hechos: si nuestro trabajo es reconocido, si podemos comunicarnos con honestidad, si nuestros límites son respetados y si todavía existe una posibilidad real de crecimiento.
También debemos preguntarnos quiénes nos estamos convirtiendo para poder permanecer.
No siempre somos impostores.
A veces solo estamos representando un papel que ya no queremos interpretar.
Pertenecer no debería sentirse como una actuación permanente. Un lugar adecuado no elimina todas nuestras dudas, pero nos permite aprender sin escondernos. Nos exige sin destruirnos y nos ayuda a reconocer nuestras capacidades.
Tal vez la pregunta no sea solamente si somos suficientemente buenos para permanecer.
También debemos preguntarnos si ese lugar es suficientemente bueno para nosotros.
Y cuando la respuesta sea no, tendremos que reunir el valor para dejar de engañarnos y salir.
Aunque después, al mirar hacia atrás, comprendamos que debimos habernos ido mucho antes.
—MD3P
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